sábado, 20 de febrero de 2010

Última clase de música: recuerdo u memoria

Es extraño a veces como podemos hacer uso del recuerdo y de la memoria instintivamente o a voluntad , alternativamente.
Esta tarde sin mucho que hacer , me encontraba en mi alcoba , en un silencio ensombrecedor , a solas con mis pensamientos.
Haciendo uso del libro que adquirí en el día precedente, con voraz apetito empecé la lectura de uno de mis autores favoritos , que en lo más alto de las escalas literarias se encuentra para mí, este es , Kierkegaard.
In vino veritas , era la nueva secuela adquirida de mi autor predilecto, tras el cual me permito esconderme . La contraportada del libro me mostraba el argumento a pergeñar por parte del autor. Las relaciones amorosas desde la perspectiva de varios comensales , invitados a una exhuberante banquete, y expuestas desde sus puntos de vista más ocurrentes , entre sosegada reflexión y articulada efervescencia de la que dota el vino que enardece el espíritu ,aviniéndolo a declamarse, aquello de lo que no seríamos capaces de apostillar en estado de entera sobriedad.

Ayer en el metro , iba leyendo un libro de Ayala , La cabeza de cordero, me encontraba pues leyendo el prólogo iniciatorio de su libro, cuando noté la aspereza sensanción de ser observado por un extraño atisbo. Alcé la cabeza, entornando la mirada y allí estaba mi perpleja observadora. Al instante, la reconocí y la ubique en mí, en algún momento habíamos coincidido en nuestras existencias.
La profesora de música no dejaba de dirigir vehementemente la mirada ante la visión que se le presentaba. El imberbe muchacho que la compadecía años atrás, quizá por inexperta, quizá por lástima..en un parpadeo rayano a la década , se había tornado ante él un bachiller pródigo que enaltecía su esteticidad.

Por un momento, pensé que se dirigiría a mí impávida ante las miradas de los restantes pasajeros ,y que me haría rememorar ,al menos,que hiciera enmienda de acordarme de ella. Pero al no ver ademán en mí , supongo que barruntó un fracaso estrepitoso, en el cual me desentendería totalmente de ella y se contentó para sí, con haber observado por unos minutos al hombre ante el que se postraba lastimeramente encorvada. El tiempo había pasado factura, como usualmente se formula, pero entre este trasegado encuentro se observaba la inquisitiva mirada y el aplomo que propicia la edad. Creo que había recobrado las riendas del magisterio, el por qué de haber empezado esa carrera , sentía que volvía a sentir importante, tal como , el que desempeña un rol , valora merecidamente su esfuerzo por años de servilismo y aprendizaje, con la profusa sentencia de : ¡Ha merecido la pena!.
Me alegró por ella , porque los pre-adolescentes indolentes sin expectativa académica podemos ser muy crueles ,y en verdad , lo fueron, yo, por mí parte , miraba desde la letanía de las responsabilidad, su quejumbrosa angustia. Como en áquel momento, no me acerqué a ofrecerle mi apoyo, no estaban en mí esos gestos de madurez aún( he de confesar) , ella me la devolvió. No la culpó pero , al menos, puedo clamar que hice lo que estaba en mi mano.

La última clase , me acuerdo (y no rememoro), aquella que di en el instituto en el último curso de la educación obligatoria, en el mes de junio . En verdad, no ha sido así.

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