miércoles, 23 de junio de 2010

Es común experimentar la sensación al rechazo. Es así. Sería más que improbable ser aceptados por todos sin condición. Reflexionando las horas precedentes, ahonde en experiencias pasadas tanto propias como ajenas ,que fueran conocidas para mí y que permanecieran en mi recuerdo por su intensidad sentimental.
Para empezar está el miedo a hablar en público, es un típico miedo propio de los seres humanos. Las personas corrientes , de carne y hueso, no son líderes políticos defendiendo un programa político , unos dogmas determinados,...no lo son y jamás lo serán .Las sosegadas vidas que llevan no sirven para hablar en público.Dado que un día corriente podremos encontrarnos con una veintena de personas harto conocidas de manera recíproca. El miedo a ser rechazado ,en este ámbito ,ahonda en el hablar ante una gran masa, donde las voluntades individuales se alinean para formar una sola identidad como masa , colectivo o congregación. Al igual que los insultos, hablar en público puede remover la tierra bajo nuestros pies y socavar el más impertérrito temperamento.
Respecto de los insultos o descalificativos, la mecánica sería la siguiente: si al caminar por la calle despreocupadamente , recreándonos con nuestro paseo, sin llamar la atención de los demás recibieramos un insulto de alguna persona, éste irá a socavar nuestra confianza ya que para la persona agresora representamos o integramos algo que desaprueba por los motivos-y no razones-, que sean.
Sea!
Pero el móvil de estas líneas no eran hablar de insultos o el arte de hablar en público, que siempre pueden sobrellevarse con dosis de autoestima y confianza propia.
El miedo al rechazo es un fuerte motivador de no hacer.Te hace calibrar cada exteriorización. O que en la tarea de expresar nuestros sentimientos y emociones estos se vean soterrados por tan ponzoñoso licor.Es un motivo para hacer, para remar con ambos remos en sincronía ,para focalizar nuestra atención hacia esa persona, ese mérito académico o afectivo.
Bien sabemos todos, o acabaremos por saber lo que supone esta sensación que te agarrota y cuestiona cada buena intención que sale de nosotros , más o menos aceptada o adecuada. Todo por mantener una mentira. No queremos que vean lo vulnerable que somos, por eso nuestro ego nos ciega a veces , difuminando entre lo que tendríamos que hacer y lo que llegamos a hacer.
En definitiva, creemos que por mostrarnos como tal , vulnerables si cabe, caeremos en la infamia de los chismes de café de varios lenguarazes que se dedican a comentar cosas eminentemente concretas de otras personas para no tener que pensar en sus horribles vidas , eternamente rutinarias y poco ambiciosas , languideciendo en el fregadero de sus cocinas.Necesitamos de esta protección, porque sin ello , dejaríamos de aparentar ante alguien que ha conocido nuestra realidad , precisamente por ese anhelo ,de unos o de otros, de lograr un mérito afectivo, una relación de verdad.
Qué zafio y complicado es todo, de repente.