viernes, 30 de septiembre de 2011

Desde entonces, mi mente estaba por completo libre de esos lugares de diversión y de los ángeles de misericordia que esquilman juiciosamente a sus clientes hambrientos de sexo. Lo único que deseaba esta vez era unas pocas horas de evasión del aburrimiento, unas pocas horas de olvido, y conseguirlo de la manera más barata posible. No temía volver a enamorarme, ni siquiera deseaba acostarme con una mujer, a pesar de la necesidad que tenía de ello. Sólo deseaba convertirme en un mortal corriente, y en una medusa, si queréis , en el océano de los objetos a la deriva. No pedía más que ser zarandeado y chapoteado en un estanque arremolinado de carne fragante bajo un arco iris subacuático de luces mortecinas y embriagadoras.




[...]


Al entrar en el lugar me sentía como un campesino que va a la ciudad. Estaba deslumbrado por el mar de rostros , por el calor fétido que exhalaban centenares de cuerpos sobreexcitados , por el fragor de la orquesta , por el girar caleidoscópico de las luces. Todos estaban a tono con el diapasón de la fiebre ,al parecer. Todos parecían atentos y alertas, intensamente atentos, intensamente alertas. El aire crepitaba con ese deseo eléctrico, con esa contracción que todo lo consumía. Un millar de perfumes diferentes chocaban entre sí, con el calor de la sala, con el sudor y la transpiración , la fiebre y la lujuria de los reclusos, pues era muy definidamente , a mi parecer, reclusos de una u otra clase , quizá reclusos del vestíbulo vaginal del amor, reclusos bestiales que se lanzaban unos sobre otros con los labios partidos, con los labios secos y ardientes , labios ansiosos , labios que temblaban, que rogaban , que sollozaban , que imploraban, que mordían , que maceraban otros labios.
Sobrios también todos ellos, sobrios como la piedra, demasiado sobrios, ciertamente.
Sobrios como criminales a punto de realizar una fechoría. Todos convergían los unos sobre los otros en gran remolino, con las luces de colores jugando sobre sus rostros, sus bustos, sus traseros, cortándolos en cintas en las que se enredaban y entrampaban, pero siempre desenredándose hábilmente mientras giraban cuerpo contra cuerpo, mejilla con mejilla, labio contra labio.




Nexus. 
Henry Miller.

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